2 junio, 2019

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Mil lunas en tus ojos es, si no me equivoco, la quinta novela que publica la periodista María Angélica Blanco. Se trata  de un relato alejado tanto de ciertas modalidades narrativas que se utilizan hoy para desarrollar historias imaginarlas como de las preferencias temáticas que configuran tales mundos ficticios. Su autora prefiere otorgar un desarrollo tradicional al argumento de su novela y caracterizar a sus personajes y construir los conflictos en los cuales estos participan mirando más hacia el pasado que hacia el presente.

Todos los capítulos del texto provienen de la boca de una mujer cuya voz exhibe omnisciencia absoluta; que domina, por lo tanto, el desarrollo de la trama, conoce la interioridad psicológica y afectiva de los personajes, explica sus comportamientos e incluso somete sus palabras a juicios de valor. Por ejemplo, califica lo dicho por uno de ellos  como «ridículo sermón  que parecía sacado del guion de una obra de teatro del absurdo». Es una presencia tan poderosa que sus opiniones se transparentan en las voces de los personajes que contempla con simpatía. La escuchamos, por ejemplo, en las del reportero Alonso Pedregal dando lecciones sobre la responsabilidad que cabe al periodista en el mundo contemporáneo o  en las de Armando Phillips, director de El Cronista, refiriéndose al ambiente literario chileno: «En este país se lee poco, el mundo literario es cerrado y la envidia corre a raudales. Abunda la mezquindad, la pequeñez y el pelambre. Para qué hablar de los críticos. Canonizan y descanonizan a los escritores a su antojo». Su lenguaje es, en consecuencia, permanente asertivo. Las verdades artísticas e históricas que la narradora establece no admiten interpretaciones, resistencias ni desacuerdos del lector. Las cosas son como las presenta su voz y punto: «José Emilio deslumbraba por su belleza varonil, lo que nunca le importó un  bledo. Rubio, de ojos azulísimos, su amplia frente, nariz, boca y mentón parecían esculpidos por el mismo Miguel Angel. Pero había algo más. Irradiaba un aura de autoridad que lo envolvía como un halo».

Si entendemos a lo que esta narradora nos cuenta, pareciera que las imágenes que nos comunica en Mil lunas en tus ojos se identificaran de manera cercana con las preferencias que ofrecen muchas novelas contemporáneas. La lírica de Federico García Lorca sirve como referente artístico de numerosos pasajes de la historia y la sombre del poeta fusilado en 1936 se hace también presente de manera indirecta en la trama gracias al viaje de la protagonista de Madrid y Granada como ganadora de un concurso de ensayos sobre su poesía. Incluso los personajes dan a conocer su interioridad utilizando los versos del poeta granadino (lo cual presta a sus diálogos un perfil bastante artificioso, dicho sea de paso). Además, la voz narrativa manifiesta un indudable propósito de colocar a la figura de la mujer como eje de los acontecimientos  y a la vez punto de vista desde el cual estos son contemplados. Sin embargo, basta con avanzar un poco en la lectura para comprobar que lo verdaderamente dominante en el relato son las caracterizaciones de personajes y el desarrollo de motivos y conflictos provenientes de las narraciones melodramáticas de inconfundible estirpe romántica: las antítesis organizan el mundo narrativo y el argumento desarrolla los motivos típicos de las historias folletinescas, como, por ejemplo, el destino funesto del héroe, el engaño de los sentidos, la novia de la muerte, el amor como escaramuza o el triángulo amoroso entre una mujer y dos hombres radicalmente antagónicos.

Mil lunas en tus ojos deja la impresión de ser un relato del romanticismo popular puesto al día con algunos rasgos de modernidad. El lector no debe esperar nada que no sea el honesto propósito de contar una historia sencilla y entretenida que se inicia alrededor de 1920 y cuyo núcleo argumental tiene como telón de fondo los acontecimientos políticos vividos en Chile desde fines de 1960 hasta el tiempo presente.